Textos destacados

Tesoros del Conocimiento

«La alternativa es bastante clara: o bien la vida humana no es más que una pasión inútil (Sartre) o bien comprende algún sentido que le insufla esperanza y que la metafísica se esfuerza por pensar. Ese sentido será inmanente o trascendente: aquellos que renuncien a toda trascendencia deberán contentarse con un sentido inherente a la vida terrenal, que puede residir en algún pensamiento o causa edificantes (la justicia o la acción humanitaria) o en el goce hedonista del tiempo presente. Aquí la cuestión de la felicidad depende todavía de la concepción que uno se haga del supremo Bien, por lo tanto, de la metafísica. La mejor metafísica, aquella que se toma en serio la inteligencia de las cosas, es la que presiente que la inmanencia permite adivinar alguna trascendencia y que la trascendencia no lo es si no involucra la inmanencia. Es en este punto donde la metafísica se percata de su fundación hermenéutica: ella interpreta el mundo a la luz de la trascendencia que reluce en él y se muestra atenta a todas sus epifanías en el comportamiento de los hombres y el gobierno de las cosas.»

Jean Grondin en "Del sentido de las cosas"

«El problema es que un auténtico idiota no puede olvidar jamás una especie de trauma original que le guía. De ahí su torpor y su genio. Sin estrategia ni dirección lineal, el idiota no transita, no avanza. Sin causa ni finalidad, se mueve en círculos, insiste Zambrano. De ahí con frecuencia sus tics gestuales, sus costumbres reiteradas, sus rituales corpóreos. Hasta hace poco, recuerda María Zambrano, cada lugar tendría su idiota y cada palacio su anormal. Es precisamente la desaparición de los lugares a manos de la nivelación comunicativa lo que ha segado la hierba bajo los pies de la idiosincrasia humana. Ahora los idiotas están fundidos con la superestructura del éxito social y, por tanto, se confunden con las estrellas de nuestro imaginario celeste. La fama repartida para todos, al menos diez minutos al día, ha confundido el idiotismo con el éxito, en suma, ha mezclado a la figura venerable del idiota con el imbécil funcional. Es un triunfo más de la estupidez estadounidense, cuando su declive militar coincide con el éxito global de su imaginario simplista. Como líder de la secta llamada sociedad internacional, Estados Unidos es la nación más aburrida y deprimente. Lo de menos es la obsesión con las armas; lo importante es el desarme moral en cuerpos que han aprendido a ignorarse. El racismo del dinero vigila y discrimina, sin necesidad de policías ni pantallas. Todo se juega en el simulacro discriminatorio de la opulencia, con toda su legión de cansados (Handke) recluida en el reformatorio industrial que procesa humanos, o los margina en ejemplares de desecho. Es una metafísica de desarraigo y posterior definición —currículo profesional y nivel de vida— la que triunfa, resultando todos conectados en cuanto separados, en el espectáculo de una civilización autista.»

Ignacio Castro Rey en "El idiota"

«No podríamos ser solo ojos, solo oídos, solo piel, solo lengua o solo glándulas olfativas, porque no hay solo luz, solo sonido, solo materia densa. Ningún sentido recubre la vastedad de lo manifestado. Cada uno abre un ámbito de realidad, pero no la agota. Podemos aplicar esta inconmensurabilidad y complementariedad de los sentidos a otras disciplinas o campos cognitivos. Cada disciplina (la filosofía, la teología, la psicología, la sociología, la economía, etc.) abre un campo de conocimiento y una comprensión diferente a partir de los mismos datos que ofrece la realidad. Un bosque es diferente para el leñador, el cazador, el biólogo, el poeta, el excursionista o el artista. Y dentro de cada disciplina de conocimiento, cada escuela lo modula a su vez. En el ámbito de las religiones, cada una se aproxima al misterio de un modo determinado y desde su molde interpretativo incorpora y ordena toda la realidad.
   Por lo que hace a los condicionantes culturales, el más determinante es el lenguaje. A través de él organizamos la captación del entorno y damos sentido a lo que vivimos interpretándolo. Sin palabras no hay conceptos y sin conceptos no hay pensamiento, de modo que cada idioma proporciona un modo de pensar que determina un particular acceso a la realidad. Cada lengua proporciona unas palabras en las que anidan los conceptos con los que interpretamos y valoramos lo existente. Nuestra condición lingüística pone de manifiesto la contingencia y parcialidad de cualquier significatividad. Hay que otorgar una especial relevancia a la fragmentariedad como modo de presencia del homo loquens en el mundo, afirma Lluís Duch. Los símbolos son otro tipo de vehículo cognitivo-interpretativo, son diferentes a las palabras porque no son signos, sino imágenes, pero también están enmarcados en un contexto donde adquieren un determinado significado. Abren una comprensión de la realidad de un modo diferente que las palabras. Las religiones son constelaciones de palabras y de símbolos con un vocabulario y unas imágenes muy precisos. La religión como relegere impone al ser humano la ineludible necesidad de la hermenéutica como reconocimiento explícito de su falta de inmediatez con el origen de la realidad. Al igual que cada cultura da un significado a cada objeto que designa, el Absoluto —Objeto inobjetivable por excelencia de las religiones— tiene en cada tradición un significado que viene dado por la constelación en la que se inserta. Las teofanías adquieren la forma del marco del entorno religioso en el que se producen. Paul Ricœur acuñó la expresión le croyable disponible: cada tradición proporciona un marco donde se inscribe un determinado contenido y este marco-contenido delimita lo que es posible creer. Dicho de un modo más sintético, las religiones son lenguajes sobre el Absoluto y por ello cada religión solo puede pensar —acceder— al Absoluto a partir de sus propios términos. Cada tradición ofrece un mundo de comprensión y una comprensión del mundo a través de su lenguaje semántico y simbólico.»

Javier Melloni en "Perspectivas del Absoluto"

«Una crítica frecuente a la idea hegeliana del todo, que procede sobre todo de las filas posmodernas, dice que el todo, siendo una totalidad, domina las partes individuales reprimiendo su pluralidad y heterogeneidad. Pero esta crítica no hace justicia a la idea hegeliana de la totalidad ni del concepto. La totalidad hegeliana no es una configuración de dominio, no es una totalidad que someta a sí las partes y las subyugue. Más bien, esa totalidad es lo único que abre a las partes su margen de movimiento y de acción, haciendo con ello posible por vez primera la libertad: El todo es […] el uno que, en sí, conserva vinculadas las partes en su libertad. La totalidad es una figura de mediación y reconciliación, una unidad armónica, un equilibrio en reposo de todas las partes. Es reconciliadora. El concepto funda una unidad en la que las partes y las oposiciones particulares no perseveran unas contra otras en una autonomía y firmeza reales, sino que ya solo tienen vigencia como momentos ideales reconciliados en una consonancia libre. La reconciliación representa la tarea por antonomasia de la filosofía:
   La filosofía […] irrumpe en medio de determinaciones que se contradicen, reconociéndolas con arreglo a su concepto, es decir, advirtiendo que en su unilateralidad no son absolutas, sino que se disuelven, y poniéndolas en armonía y en unidad, que es en lo que consiste la verdad.
   La verdad es reconciliación. La verdad es libertad.»

Byung-Chul Han en "La salvación de lo bello"

«El mándala simboliza mediante su punto central la unidad última de todos los arquetipos y la pluralidad del mundo fenoménico, por lo que constituye el equivalente empírico del concepto metafísico unus mundus. El equivalente alquímico es el lapis philosophorum y sus sinónimos, en especial el microcosmus.
   La explicación de Dorn es clarificadora porque saca a la luz las profundidades del mysterium coniunctionis de los alquimistas. Si se trata nada menos que de un restablecimiento del estado cósmico primigenio y de la inconsciencia divina del mundo, se comprende la insólita fascinación que provocaba este misterio, que al fin y al cabo es el equivalente occidental de los principios fundamentales de la filosofía clásica china (la unión de yang y yin en el tao) y al mismo tiempo la anticipación llena de presentimientos de ese tertium quid que he llamado sincronicidad sobre la base de la experiencia psicológica y de los resultados del experimento de Rhine. El simbolismo del mándala es el equivalente psicológico de la idea metafísica del unus mundus; la sincronicidad, el parapsicológico. Ciertamente, los fenómenos sincronísticos suceden en el tiempo y en el espacio, pero muestran una independencia notable respecto de estos dos determinantes indispensables del ser físico y, por lo tanto, una no conformidad con la ley causal. El causalismo de nuestra cosmovisión científica disuelve todo en procesos individuales que intenta separar cuidadosamente de todos los demás procesos paralelos. Esta tendencia es necesaria para conseguir un conocimiento fiable, pero tiene desde el punto de vista de la cosmovisión el inconveniente de que afloja o hace invisible la conexión universal de los acontecimientos, con lo cual se vuelve cada vez más difícil el conocimiento de las grandes conexiones, es decir, el conocimiento de la unidad del mundo.»

Carl Gustav Jung en "Mysterium Coniunctionis"

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