Textos destacados

Tesoros del Conocimiento

«En la lógica formal, en la medida en que las cosas participan de una misma clase genérica, pueden contrastar entre sí y ser contradictorias. Mas con relación al absoluto, si existiera algo fuera de él negándolo y oponiéndosele, ya no sería el absoluto. El absoluto debe poseer más bien la negación absoluta en sí mismo. En este sentido el absoluto debe ser absolutamente nada. Excepto en el caso de un ser absoluto posesor de su propia nada absoluta, lo que lo niega estaría frente a él, y el absoluto no poseería su propia negación absoluta dentro de sí mismo. Por eso decimos que el hecho de que el absoluto se oponga a sí mismo como auto-contradicción significa que nada se le opone. El verdadero absoluto debe ser una identidad de absoluta contradicción en ese sentido.
   Mantengo que cuando expresamos en términos lógicos lo que es Dios o el absoluto, debemos hablar así. En efecto, Dios o el absoluto, con relación a sí mismo, se mantiene en forma de una identidad contradictoria, es decir, como su propia autonegación absoluta, o como poseyendo dentro de sí mismo la absoluta autonegación. Por ser Nada absoluta es ser absoluto. Es precisamente por esta coincidencia de la nada absoluta y el ser absoluto por lo que podemos hablar de omnisciencia y omnipotencia divinas.»

Kitarô Nishida en "Pensar desde la nada"

«Si percibimos el mundo desde la perspectiva egoica, vemos el universo como dualístico. Vemos discordia, oposición, dualidad. La realidad física está hecha de objetos que pueden ser discriminados. A través de los sentidos físicos, sólo percibimos objetos diferenciados. Pero si abrimos nuestra percepción interior, más allá de nuestras creencias, el universo adopta un aspecto distinto. Si nos dejamos experimentar el Ser, podemos percibir que, aunque los objetos aparezcan diferenciados, la separación no es real, las cosas no existen separadas las unas de las otras, en realidad todos los objetos constituyen una sola cosa. La realidad aparece como una existencia indivisible, no dual, como, utilizando el símil de Almaas, las olas del océano, carentes de existencia sin el océano. Desde la perspectiva del Ser, las polaridades, los opuestos, no son más que manifestaciones diferentes del mismo Ser.
   La experiencia vivencial de esta Idea se refleja en una sensación de que las cosas Son, simplemente son, con una certeza que no implica al pensamiento, una evidencia que no permite la duda. El placer y el dolor conviven, podemos aceptar todos nuestros sentimientos, todas nuestras sensaciones, todo lo que nos ocurre. Es la experiencia mística, con esa sensación de unidad, de totalidad, donde el yo se disuelve y los objetos también y no queda más que la consciencia ilimitada.»

Carmen Durán y Antonio Catalán en "Eneagrama"

«El fundamento último del septenario se halla en las siete direcciones del espacio: dos contrarias por cada dimensión, más el centro. La proyección de este orden espacial de seis elementos dinámicos y uno estático coincide con la semana como modelo del septenario en el transcurso temporal. En muchas culturas, el 3 es el número del cielo (orden vertical en la cruz de tres dimensiones espacial) y el 4 es el de la tierra (cuatro direcciones —asimilables a los puntos cardinales— de las dos dimensiones del plano). Por ello, el 7 es el número sumativo del cielo y de la tierra (como el 12 expresa su posibilidad multiplicativa). En la religión, el septenario tiene expresiones y correspondencias, como el ternario de las virtudes teologales, más el cuaternario de las cardinales; el septenario de los pecados capitales, que precisamente son entendidos, por la doctrina tradicional simbolista, como resultado del influjo —o de la correlación— con los principios espirituales de los siete planetas, o antiguas deidades mitológicas. En el cielo, el 7 está particularmente representado por la constelación de las Pléyades, las hijas de Atlas, de las que seis están presentes y una oculta.»

Juan Eduardo Cirlot en "Diccionario de símbolos"

«La razón será el instrumento propio del cerco del aparecer, mientras que las formas expresivas simbólicas vehicularán la comunicación de la experiencia hermética. Y la razón fronteriza será aquella capaz de dar parte de ambos cercos, de señalar la existencia de la posibilidad fronteriza (como experiencia de conocimiento) y de apelar al suplemento simbólico como instrumento propio de una comunicación que no pretende ser designativa. Fronteriza significa, en términos positivos, que esa razón tiene que habérselas con un factum que se le da, sin que ella, por ella misma, pueda auto-engendrar el hecho puro de existir. Si quiere salir al encuentro de ese dato del comienzo, debe salir de sí misma. Será el suplemento simbólico el que podrá discurrir por las dos vías que la razón fronteriza abre: el símbolo en su uso religioso y en su uso estético artístico.
   En el seno de este escenario, Eugenio Trías considera la ética, la orientación sabia de la vida, como la formación de lo que el ser humano es en potencia: testigo y habitante de una realidad de dos dimensiones (la realidad moldeada por las necesidades del viviente y aquello que la trasciende). Y de la realización plena de aquello que el ser humano es en potencia depende la posibilidad de reconocimiento admirado y asombrado ante el existir.»

Teresa Guardans en "La verdad del silencio"

«La profundidad pictórica (y asimismo el alto y el ancho pintados) vienen a posarse, no se sabe de dónde, a germinar sobre el soporte. La visión del pintor no es ya mirada sobre un fuera, relación físico-óptica solamente con el mundo. El mundo ya no está ante él por representación: es más bien el pintor el que nace en las cosas como por concentración y venida a sí de lo visible, y el cuadro finalmente no se relaciona con cualquiera de entre las cosas empíricas más que a condición de ser en primer lugar autofigurativo; no es espectáculo de una cosa más que siendo espectáculo de ninguna, hendiendo la piel de las cosas para mostrar cómo las cosas se hacen cosas y el mundo, mundo. Apollinaire decía que hay en un poema frases que no parecen haber sido creadas, que parecen haberse formado. Y Henri Michaux, que a veces los colores de Klee parecen haber nacido lentamente sobre el lienzo, emanados de un fondo primordial, exhalados en el sitio oportuno como una pátina o un moho. El arte no es construcción, artificio, relación industriosa con un espacio y con un mundo de fuera. Es en verdad el grito inarticulado del que habla Hermes Trismegisto, que semejaba la voz de la luz. Y, una vez que está ahí, el arte despierta en la visión ordinaria de las potencias durmientes un secreto de preexistencia.»

Maurice Merleau-Ponty en "El ojo y el espíritu"

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