Textos destacados

Tesoros del Conocimiento

«La Imaginación, señala Ibn 'Arabí, lo abarca todo mediante su luz propia, pues es capaz de encontrar las semejanzas imaginales derivadas de la inmanencia de Dios en toda su Creación. Pero no puede hacerlo si no es por medio de imágenes:
   No puede recibir nada —ya sean cosas sensibles o espirituales, o relaciones y conexiones, o la Majestad de Dios y Su Esencia— sino por medio de alguna forma. Si intentara percibir algo sin emplear una forma, su realidad no se lo permitiría, ya que ésta es precisamente la facultad de la representación imaginal y ninguna otra cosa… De manera que la imaginación es el más extenso de todos los objetos del conocimiento, y sin embargo, a pesar de la inmensa amplitud de su capacidad, que se extiende sobre todas las cosas, es incapaz de recibir las realidades (noéticas) puramente inmateriales (sin hacer uso de alguna imagen o semejanza).
   La Luz (al-Nûr), como Nombre divino, es la que ilumina a la Imaginación para que perciba las auto-manifestaciones divinas, sus teofanías y epifanías en toda criatura y actos que ésta lleva a cabo. Y su percepción es simple, natural, correcta, pero la interpretación que de ella realiza nuestra mente suele ser errónea, de ahí que sólo los más altos gnósticos pueden ver siempre la Realidad en las realidades fenoménicas.»

Ángel Almazán de Gracia en "Perdidos en el mundo imaginal"

«Hay dos maneras de leer, de cotejar un símbolo. Se pueden efectuar dos lecturas del mito de Edipo: una freudiana, otra heideggeriana o platónica. No insistiremos en la lectura freudiana; ya sabemos que lee en el mito de Edipo el drama del incesto: al matar a su padre y casarse con su madre, Edipo se limita a realizar uno de los deseos de nuestra infancia. Pero al lado de este drama de Edipo niño, y en el mismo texto de Sófocles, se puede leer otro drama: el de Edipo Rey, y este Edipo encarna el drama de la verdad, ya que busca al asesino de su padre Layo y lucha contra todo lo que constantemente obstaculiza este descubrimiento de la verdad. En tal lectura, Ricoeur pone frente a la Esfinge —que representa el enigma freudiano del nacimiento— a Tiresias, el loco ciego que es el símbolo, la epifanía de la verdad. De aquí la importancia que adopta la ceguera en esta segunda lectura. Es verdad que el freudiano advertía esta ceguera y hacía de ella un efecto-signo de un autocastigo castrador, mutilador. Pero, lo mismo que en Lévi-Strauss —donde no es difícil, por lo demás, clasificar la automutilación de Edipo como característica suplementaria de la dificultad de caminar erguido—, el freudiano lee la escena del cegamiento de Edipo con indiferencia y la posterga en beneficio del incesto o del parricidio. Por el contrario, en la segunda lectura que propone Ricoeur, la ceguera de Edipo, reforzada por la de Tiresias, se vuelve esencial. Tiresias … no tiene ojos carnales, tiene los del espíritu y la inteligencia: sabe. Por lo tanto, será necesario que Edipo, que ve, se vuelva ciego para llegar a la verdad. En ese momento se transformará en el vidente ciego, y cuando Edipo se arranque los ojos habremos llegado al último acto

Gilbert Durand en "La imaginación simbólica"

«Al igual que el coyote, el cuervo o la liebre —esos bufones y al mismo tiempo héroes de la cultura de los indios americanos—, Hermes es un Embaucador. Para nosotros es tan difícil tolerar a los embaucadores como a los dáimones: nuestro monoteísmo, ya sea el del cristianismo o el de la ciencia, los ha excluido. Y, así, Hermes se ve obligado a operar desde el Inframundo, ensombreciendo el cristianismo con filosofías esotéricas, gnósticas ocultistas y herméticas. Al igual que su análogo latino, Mercurio, es el alma de la alquimia. Regresa para atormentar al cientificismo con fenómenos paranormales y anomalías enloquecedoras: todos los dáimones son embaucadores, igual que los seres feéricos; todos están al servicio de Hermes-Mercurio. Éste desestabiliza nuestras vidas con todo tipo de pícaros trucos y travesuras; cuanto más lo ignoramos, más nos acosa, hasta que sus trucos empiezan a parecer siniestros y se convierte, de hecho, en el Diablo.»

Patrick Harpur en "Realidad daimónica"

«John A. Wheeler, físico de Princeton, cree que el término observador debería ser sustituido por el de participante. Esta sustitución, piensa, señalaría explícitamente el papel radicalmente nuevo de la conciencia en el campo de la física. En vez de negar la existencia de la realidad objetiva, va más allá, afirmando que la realidad subjetiva y la objetiva se crean recíprocamente, más o menos. Son sistemas auto-excitados, traídos a la existencia por auto-referencia. Como él dice: ¿puede el universo, en algún extraño sentido, ser traído a la existencia por la participación de los que participan? … el hecho vital es el hecho de la participación. Participante es el nuevo concepto incuestionable acuñado por la mecánica cuántica, que ha echado abajo el término observador de la teoría clásica, el sujeto que observa seguro, tras un espeso muro de cristal, qué es lo que está pasando, sin tomar parte en ello. No cabe hacer eso, nos dice la mecánica cuántica, concluye Wheeler.»

Michael Talbot en "Misticismo y física moderna"

«El arte tradicional es entretenido, alucinante y aun cómico, como se encargan de demostrárnoslo la mitología y las fábulas que se narraban oral y colectivamente. Inclusive puede ser ligero, y hasta grotesco y prueba de ello es el arte cortesano-sagrado de todos los pueblos, en donde los bufones —para poner un solo ejemplo— como imagen invertida de los atributos de la realeza han cumplido papeles de este tipo. También la risa, como el juego, es catártica, y ambas producen rupturas de nivel en las tediosas versiones ordinarias de lo espacio-temporal procuradas por los sentidos, a las que tendemos en razón de nuestra naturaleza.
   Todas estas son manifestaciones de lo sagrado para una mentalidad anterior a la colonización europea, como también lo son lo monstruoso, terrorífico y desproporcionado; o todo lo contrario, como puede ser el canto a la belleza de las formas del mundo. A esa sacralidad debemos acercarnos con respeto y sin afectación alguna, con toda la carga de sinceridad, emotividad y contemplación inteligente de que seamos capaces, pues sólo así podemos llegar a comprender la armonía y unidad que subyace en todas esas paradojas, contradicciones y dualidades que están en el mundo y lo conforman, pues en definitiva es un principio metafísico y universal que la desarmonía de las partes constituye finalmente la armonía del conjunto. Tal vez esa realidad que se nos escapa y que al mismo tiempo está ante nuestros ojos (expresión que es también una manera de referirse a la Deidad), sea precisamente la armoniosa unidad donde cristaliza finalmente el caos del mundo. Recordemos en este sentido que Platón se refería al mundo como un caos pintado de formas

Francisco Ariza en "La obra de Federico González"

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