Textos destacados

Tesoros del Conocimiento

«El centro del mundo o el centro supremo de la presente humanidad terrestre es llamado Paraíso Terrenal, Agartha, Salem. Es el Templo de Paz y la Casa de Justicia, porque el centro supremo, como cualesquiera otros centros espirituales que sean su imagen, podría describirse como un templo (el aspecto sacerdotal, correspondiendo a la Paz) y como palacio o tribunal (el aspecto real, correspondiendo a la Justicia). Este Centro es una imagen del Centro Celeste, no una imagen virtual formada por reflejo especular, sino completamente real; un centro espiritual es además la imagen terrestre y perceptible (para los sentidos humanos) del verdadero Centro del Mundo y aunque la orientación sagrada se haga hacia el centro espiritual terrestre, se hace simbólicamente hacia el Centro supremo.
   No hay nada más importante, más fundamental, esencial y pleno para una doctrina sagrada que simbolizar el centro, porque sin Centro no hay nada. Como escribió Guénon, el Centro es el origen, la fuente de todo, se lo simboliza por el centro de un círculo, y representa la imagen del Principio, lo que explica por qué todas las tradiciones y los ritos genuinos se interesan tanto en el simbolismo del centro. Dios, mediante Su Verbo, se convierte en el Centro del Mundo.»

Mircea A. Tamas en "René Guénon y el centro del mundo"

«Hay en efecto una proporción intrínseca entre la relación que se da entre las disonancias y la melodía, y la que se da entre el mal y la armonía universal en la filosofía de Leibniz. Dicho en otros términos, así como la armonía universal exige la diversidad y la tensión de contrarios, de tal forma que los males particulares se hallan ligados con la mejor configuración, del mismo modo sucede en las melodías y en toda percepción parcial finita o confusa, que es expresión de la percepción total e infinita que posee Dios. Las consonancias y disonancias en la música son, para Leibniz, producto de una proporción numérica, dado que las consonancias se producen por una regularidad en las percepciones y las disonancias por una cierta irregularidad, reconducida a la regularidad: La música nos encanta, por más que su belleza no consista sino en las conveniencias de los números y en la cuenta, de la que no nos apercibimos, pero que el alma no deja de hacer, de los golpes o vibraciones de los cuerpos sonoros, que se encuentran a intervalos determinados. Esta proporción matemática que se da en las melodías no es más que el reflejo o el eco de una matemática oculta que rige todo lo real, de una proporción o ratio que no es captable por ninguna mente creada, sino sólo por la mente infinita, que es la única capaz de hacer el cálculo infinito de todas las relaciones posibles. Los males, son entonces en sentido estricto disonancias, en el sentido de que son intervalos necesarios para la armonía óptima que conforma el universo.»

Agustín Echavarría en "Metafísica leibniziana de la permisión del mal"

«Huelga decir que no se trata aquí de los datos totalmente exteriores que la ciencia experimental puede proporcionarnos, sino de realidades que esta ciencia no maneja, y no puede manejar, y que nos son transmitidas por canales muy distintos, los del simbolismo mitológico y metafísico especialmente, sin hablar de la intuición intelectual, cuya posibilidad de principio reside en todo hombre. El lenguaje simbólico de las grandes tradiciones de la humanidad puede parecer arduo y desconcertante para algunas personas, pero no obstante es inteligible a la luz de los comentarios ortodoxos. El simbolismo, hay que insistir en ello, es una ciencia real y rigurosa, y nada es más aberrante que creer que su aparente ingenuidad proviene de una mentalidad rudimentaria y prelógica. Esta ciencia, que podemos calificar de sagrada, no puede adaptarse al método experimental de los modernos; la esfera de la revelación, el simbolismo y la intelección pura trasciende con toda evidencia los planos físico y psíquico, y se sitúa por consiguiente más allá de la esfera de los métodos llamados científicos. Si pensamos que no podemos aceptar el lenguaje del simbolismo tradicional porque se nos presenta como fantástico y arbitrario, eso muestra que no hemos comprendido todavía este lenguaje y no, ciertamente, que lo hayamos superado.
   Es muy cómodo pretender, como se hace tan especialmente en nuestros días, que las religiones se han comprometido en el curso de los siglos y que su papel ahora ha terminado. Cuando se sabe en qué consiste realmente una religión, se sabe igualmente que las religiones no pueden comprometerse y que son independientes de los abusos humanos. De hecho, nada de lo que hacen los hombres tiene el poder de afectar a las doctrinas tradicionales, los símbolos y los ritos, mientras, claro está, las maniobras humanas permanezcan en su plano y no ataquen las cosas sagradas. El hecho de que un individuo pueda explotar la religión para apoyar intereses nacionales o privados no afecta en nada a la religión como mensaje y patrimonio.
   La tradición habla a cada hombre el lenguaje que puede comprender, a condición de que él quiera escucharlo. Esta reserva es esencial, pues la tradición, lo repetimos, no puede quebrar; más bien debería hablarse de la quiebra del hombre, pues él es quien ha perdido la intuición de lo sobrenatural y el sentido de lo sagrado. Es el hombre, que se ha dejado seducir por los descubrimientos y los inventos de una ciencia ilegítimamente totalitaria, es decir, una ciencia que no reconoce sus propios límites y por esta razón ignora lo que los rebasa. Fascinado tanto por los fenómenos científicos como por las conclusiones erróneas que extrae de ellos, el hombre ha terminado por quedar sumergido por sus propias creaciones; no está dispuesto a darse cuenta de que un mensaje tradicional se sitúa en un plano totalmente diferente y de cuánto más real es este plano. Los hombres se dejan cegar tanto más fácilmente cuanto que el cientificismo les da todas las excusas requeridas para justificar su apego al mundo de las apariencias y por consiguiente también su huida ante toda presencia del Absoluto.»

Frithjof Schuon en "El juego de las máscaras"

«La definición de lo posible ofrecida por al-Qašani, a saber, que se trata de un estado ontológico en que se encuentra una cosa antes de su existencia externa, pone de manifiesto que un Universal es, en esencia, un posible, ya que un Universal en sí es un existente en la Razón, es decir, un inteligible en estado puro, antes de pasar a la existencia exterior. De esta explicación también se desprende que un Universal, cuando se particulariza y entra en la esfera de la existencia externa bajo forma de individuo, obtiene dos características. En su esencia, sigue siendo un posible, incluso en estado de existencia externa, pero es un necesario por otra [cosa], en la medida en que ha pasado a existir externamente, y por ello tiene lo que podríamos llamar una necesidad óntica. Tal es la naturaleza real de todo lo llamado temporal. Y lo que causa esta transformación ontológica, es decir, lo que hace que un esencialmente posible pase a la esfera de la existencia externa, convirtiéndolo en un accidentalmente necesario, sólo puede ser lo esencialmente necesario, lo Absoluto.»

Toshihiko Izutsu en "Sufismo y taoísmo"

«En primer lugar, la víctima promete identidad. Es algo real, es cierta, tiene un origen, unos documentos, se funda en un acontecimiento, es demostrable. Interpela con seguridad y autoridad. ¿Qué soy? Una víctima, algo que no puede negarse y que nadie podría quitarme nunca. Encuadra al ser con el perfil del tener, reduce al sujeto a portador de propiedades —que no de acciones—, le pide seguir siendo, dolorosa pero orgullosamente, lo que es. No pretende transformaciones, renuncias, sacrificios. El sacrificio ya se ha producido, no se necesitan más. Ya hemos dado, ahora nos espera descansar en nosotros mismos. Objetivo deseable para quien cree que no se puede cambiar, sobre todo si unas agencias potentes tienen interés en confirmar este escepticismo, es decir, dejar el mundo tal y como está, es decir, de nuevo, en sus manos. La condición de víctima castra la agency en todos los sentidos del término. La víctima real es tal porque es impotente. La víctima imaginaria motiva con esto su impotencia o, si no es impotente, su aspiración a seguir siendo lo que es por derecho propio: un propietario inalienable.
   Inalienable o, si se quiere también, espectral, fantasmático. Los derechos inalienables no existen in natura, son prestaciones de la polis, como había comprendido bien, antes que nadie, Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo: nada más abstracto que los derechos humanos, que no en balde emergen como problemas solo en el momento en que son negados los derechos políticos, porque son éstos los que fundan aquellos, y no al revés. Pero la espectralidad es plástica, adaptable, ausente de verificaciones, hasta el punto de que sabotea la pertinencia de la barrera, de por sí ya porosa, entre victimización real y victimización imaginaria. ¿No explica el psicoanálisis que precisamente eso de lo que más nos enorgullecemos, eso que creemos más nuestro, más cierto, más auténtico, nuestro Yo, es en realidad fruto de un reflejo, de una proyección —así como de la rivalidad y de la aversión: la fase del espejo, el cual es eso que se comporta como yo—, en una palabra, lo más imaginario que haber pueda?»

Daniele Giglioli en "Crítica de la víctima"

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