Textos destacados
Tesoros del Conocimiento

«La idea radical de que el observador tiene una influencia inevitable en cualquier proceso físico observado, de que no somos testigos objetivos y neutrales de las cosas y los acontecimientos, fue defendida por primera vez por Niels Bohr y sus colegas en Copenhague, donde éste vivía, por lo cual se denomina muchas veces la Interpretación de Copenhague. Bohr defendía que el Principio de Incertidumbre de Heisenberg implicaba algo más que el mero hecho de no poder determinar exactamente tanto la velocidad a la que se mueve una partícula subatómica, como su localización. Bohr sostenía, como explica Fred Alan Wolf, que no se trata sólo de que no se pueda medir, es que no existe hasta que se observa. Heisenberg pensaba que había partículas ahí fuera. Se negaba a aceptar que no existían en tanto no participase un observador. Bohr creía que las partículas mismas no llegan siquiera a existir hasta que las observamos, y que la realidad a nivel cuántico no existe hasta que es observada o medida.
Efectivamente, muchos científicos rechazaron y debatieron esta noción difícil e incomprensible que va en contra del sentido común y en contra de nuestra experiencia diaria y normal. Existe una falta de acuerdo, muchos dirían incluso que hay un debate encarnizado sobre si esto significa que la consciencia humana, que el observador humano, es el que destruye la función de onda y lleva al objeto desde un estado de probabilidad a su valor puntual.
Heisenberg sostenía que la mente era un factor inherente al problema. Se refería al acto de la medición como al acto de registrar el resultado en la mente del observador. El cambio discontinuo en la función de la probabilidad se produce con el acto de registro, porque el cambio discontinuo en nuestro conocimiento en el instante del registro es lo que se refleja en el cambio discontinuo de la función de la probabilidad.
O como dice Lynne McTaggart en términos no tan científicos: La realidad es una gelatina inestable. Ahí fuera hay una gran masa viscosa indeterminada que es nuestra vida en potencia. Y nosotros, por el hecho de implicarnos, por el hecho de darnos cuenta, por observar, hacemos que se estabilice. Es decir, somos esenciales en el proceso total de la realidad. Nuestra implicación crea la realidad.»
William Arntz, Betsy Chasse y Mark Vicente en "¿Y tú qué sabes?"


«El sentido de un suceso sincronístico no es sin embargo idéntico al saber absoluto, pues a él se agrega una comprensión puntual y temporalizada hecha por un individuo consciente en un determinado momento de su vida. Dicha comprensión, que coincide con el acto de creación constituido por los fenómenos sincronísticos, es un hecho psíquico, una vivencia que a menudo tiene un efecto curativo, o bien, por el contrario, destructor. Cuando es portador de curación hasta el mayor de los sufrimientos se hace soportable si podemos entrever en él su sentido. El sentido nos relaciona con lo numinoso —el sentido del todo—, con el Tao, y nos coloca, por así decirlo, en nuestro justo lugar dentro del todo. Nos da el sentimiento de que un hecho tal como es, justo, nos procura una reconciliación con la vida y con la muerte, con la alegría y el sufrimiento, con el conflicto y con la paz. No se trata de un nirvana, de un más allá espiritual, es antes bien una aceptación completa de lo que es. Para Jung la individuación y la comprensión de sentido de la vida son idénticos; individuación quiere decir encontrar uno su propio sentido, que no es otra cosa que su conexión con el sentido universal. Nada tiene que ver esto con lo que se designa hoy con los términos de información, de suprainteligencia cósmica o de universal mind porque el sentimiento, la emoción, el todo de la persona están incluidos en ese sentido. Esta conexión repentina e iluminadora que se nos da en el encuentro con un suceso sincronístico representa, como lo describió muy bien Jung, una unificación momentánea de dos estados psíquicos: el estado normal de nuestra conciencia, que se mueve en el pensamiento discursivo y en un proceso de percepción continua el cual crea nuestra idea del mundo llamado material y exterior, y el estado de una capa profunda donde se sitúa el sentido del todo en la esfera del saber absoluto.»
Marie-Louise von Franz en "La sincronicidad. ¿Existe un orden a-causal?"


«El arte tiene a la vez una función mágica y espiritual: mágica, porque hace presentes principios, poderes y también cosas, que atrae en virtud de una magia simpática; espiritual, porque exterioriza verdades y bellezas con miras a nuestra interiorización, a nuestro regreso al reino de Dios que está dentro de vosotros. El Principio se hace manifestación a fin de que la manifestación sea de nuevo Principio, o a fin de que el yo regrese al Sí; o, simplemente, a fin de que el alma humana tome contacto, a través de determinados fenómenos, con los arquetipos celestiales, y por ello mismo con su propio arquetipo.
En nuestras experiencias vitales y en nuestras producciones artísticas, el influjo de la bendición celestial depende del elemento sacrificial; en el arte totalmente naturalista, por el contrario —puesto que llega hasta el final de la trayectoria creadora—, ya no hay nada espiritual, nada sagrado, y por tanto ninguna irradiación. Es verdad que una obra naturalista puede tener un efecto interiorizador por su contenido, pero en este caso es el modelo el que tiene ese efecto y no la obra como tal; la contradicción naturalista entre la apariencia de vida y la materia inerte no puede más que perjudicar al mensaje.
Pero hay algo más: la noción de naturalismo es oscilante por el hecho de que no sólo expresa un exceso sino también una tendencia legítima y, a fin de cuentas, lógica. Cuando una obra imita la naturaleza observando ciertos principios, es decir, insistiendo en lo que es esencial y no en lo que es accidental, puede llamarse naturalista sin que ese término deba evocar las taras del naturalismo total. La obra de arte es entonces válida, no porque copie la naturaleza, sino porque lo hace de determinada forma; porque traduce lo percibido a un lenguaje nuevo, que precisa por añadidura la intención profunda de las cosas. Es decir, la obra debe presentarse como una producción humana y no sólo como una imitación de la naturaleza.»
Frithjof Schuon en "La transfiguración del hombre"


«Cuando el místico alcanza una determinada fase de depuración, tornándose su alma más liviana, accede a ese Mundo intermedio de los Símbolos, que es el barzaj, límite entre lo sensible y lo puramente Inteligible, allí donde la Imaginación activa permite ver los colores interiores del ser.
El arco iris, como mágico mediador entre la tierra y el cielo, podría ser la metáfora en el mundo sensible de este mundo intermedio del barzaj, y como tal simbolizar sus cualidades. El arco iris podría constituir, en el mundo sensible, la representación o proyección del barzaj, siendo de esta manera, una resonancia directa de este mundo intermedio, de este mundo de los sueños, de las imágenes transfiguradoras, imágenes que invisten de formas los contenidos.
También el arco iris es el misterio de la conjunción de los opuestos, del cielo y de la tierra, de la luz y de la sombra. Lo existente y lo inexistente, se reúnen en el arco iris. El arco iris como el barzaj, está presente y ausente, está cerca y al mismo tiempo muy lejano, parece asible pero es inalcanzable y su existencia depende del punto de vista del espectador.»
Ana Crespo en "Color y sufismo"


«Si se tomara esta palabra de individualismo en su acepción más estrecha, se podrá estar tentado a oponer la colectividad al individuo, y a pensar que hechos tales como el papel cada vez más invasor del Estado y la complejidad creciente de las instituciones sociales son la marca de una tendencia contraria al individualismo. En realidad, no hay nada de eso, ya que la colectividad, al no ser otra cosa que la suma de los individuos, no puede ser opuesta a éstos, como tampoco lo puede ser el Estado mismo concebido a la manera moderna, es decir, como simple representación de la masa, donde no se refleja ningún principio superior; ahora bien, es precisamente en la negación de todo principio supraindividual en lo que consiste verdaderamente el individualismo tal como lo hemos definido. Por consiguiente, si en el dominio social hay conflictos entre diversas tendencias que pertenecen todas igualmente al espíritu moderno, esos conflictos no son entre el individualismo y alguna otra cosa, sino simplemente entre las variedades múltiples de las que el individualismo mismo es susceptible; y es fácil darse cuenta de que, en la ausencia de todo principio capaz de unificar realmente la multiplicidad, tales conflictos deben ser más numerosos y más graves en nuestra época de lo que lo han sido jamás, ya que quien dice individualismo dice necesariamente división; y esta división, con el estado caótico que engendra, es la consecuencia fatal de una civilización completamente material, puesto que es la materia misma la que es propiamente la raíz de la división y la multiplicidad.»
René Guénon en "La crisis del mundo moderno"

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