Textos destacados

Tesoros del Conocimiento

«Aquel que con mirada transparente distingue las curiosas y tupidas obras de la voluntad, puede comprobar que todos sus movimientos o afectos son el mismo amor en situaciones diferentes, cuando reposa con la más dulce complacencia en los brazos de la amada Belleza, o se desvanece por la desesperación de la impaciencia o la irresistible oposición a sus acciones; cuando navega en los mares tranquilos, con suaves y favorables vientos a su abrigo a la vista, o lucha con tempestades de vientos y de olas, alzándose sobre ellas con valor y coraje. Así como los colores del arco iris son la misma luz del sol reflejada de diferentes formas, proyectándose de distintas maneras sobre la nube cargada de agua, así también todos los movimientos de la voluntad son el mismo amor, surgidos del mismo bien, hermosamente resplandecientes y reflejándose de diferentes maneras en el alma en distintas situaciones de presencia o ausencia, de duda, dificultad, imposibilidad en el logro, o facilidad y seguridad de la fruición.»

Peter Sterry en "Tesoro de sabiduría tradicional: Vida - Amor"

«Así pues, lejos de ser un mundo material, la realidad es un mundo psíquico que sólo admite conclusiones indirectas e hipotéticas sobre la naturaleza de la materia real. Únicamente a lo psíquico le corresponde la realidad inmediata, y además a cualquier forma de lo psíquico, incluso a las ideas y pensamientos irreales que no hacen referencia a ningún exterior. Aunque a tales contenidos los llamemos figuraciones o delirios, no por ello dejan de tener eficacia; es más, no existe ningún pensamiento real que, en un momento dado, no pueda ser desplazado por un pensamiento irreal, presentando éste una mayor fuerza y eficacia que el primero. Mayores que todos los peligros físicos son los colosales efectos de las ideas delirantes, a las que sin embargo nuestra consciencia del mundo quiere negarles toda realidad. Nuestra elogiadísima razón y nuestra exageradamente estimada voluntad se revelan en ocasiones impotentes frente al pensamiento irreal. Las fuerzas universales que gobiernan incondicionalmente a toda la humanidad son factores psíquicos inconscientes, y éstos son también los que crean la consciencia y, con ello, la conditio sine qua non para la existencia de un mundo. Estamos dominados por un mundo creado por nuestra alma.
   El gran error que ha cometido nuestra consciencia occidental es atribuir al alma sólo una realidad derivada de causas materiales. Bastante más sabio es el Oriente, que fundamenta la esencia de todas las cosas en el alma. Entre las desconocidas naturalezas del espíritu y la materia se halla la realidad de lo anímico, la realidad psíquica, la única realidad que podemos experimentar directamente.»

Carl Gustav Jung en "La dinámica de lo inconsciente"

«La casualidad es el elemento impredecible, inesperado, incontrolable y desconocido de los sucesos que nos sorprenden felizmente o nos conmueven infelizmente. No tiene causa explicativa. Es un suceso aleatorio en el sentido de que no hay un patrón o plan reconocible detrás de él. Sin embargo, el psicoanalista Heinz Kohut se refería a algo que quizá trasciende la casualidad cuando habló del poder curador de la selección aleatoria. La sincronía toma los sucesos casuales y los relaciona con nuestro destino por medio de la significación que emerge de ellos o a causa de ellos. Así es como la sincronía se lanza a apuestas más altas que la pura casualidad o la sola suerte.
   La casualidad o la suerte son pura coincidencia, es decir, sincronización. La sincronía es una coincidencia significativa, que afecta a la vida, promueve el destino y anima espiritualmente. La casualidad y la sincronía pueden parecer lo mismo en su manifestación de un suceso, pero son mundos aparte. Lo que convierte a la casualidad en sincronía es la consciencia en nosotros del designio más vasto que se está desplegando. La casualidad y la suerte son escoltas de la sincronía cuando las saludamos con atención. Esta es otra forma de ver el nexo necesario entre la sincronía y la consciencia.
   Casualidad o suerte son a menudo las palabras de los que no respetan o no creen en la consciencia espiritual. Algunas personas niegan la realidad de lo espiritual o lo trascendental en general, atribuyendo todos los sucesos de la vida a la casualidad o a la suerte. Sin embargo, la casualidad y la suerte son de hecho trascendentes también, puesto que ocurren más allá del control o el esfuerzo del ego. Casualidad podría entonces ser una palabra minimalista para sincronía, como suerte es una palabra minimalista para gracia. Hay una salida de nuestro mundo mortal, pero afortunadamente no hay salida del mundo espiritual.»

David Richo en "El poder de la coincidencia"

«La facultad racional analiza, distingue, divide y busca elementos de contraste entre las distintas posiciones doctrinales y entre los múltiples factores que componen la existencia. En ese sentido, mientras la razón se esfuerza en delimitar o atar la realidad, la imaginación intenta destrabar todos los nudos y disolver las limitaciones, ya que está dotada de una comprensión sintética capaz de conciliar contrarios y de constatar la unidad del ser que se esconde tras la diversidad de las apariencias. En contraste con el carácter rectilíneo de la razón, la imaginación es circular. Es esto y aquello simultáneamente. Es cuerpo y espíritu al unísono. Si la razón es el instrumento que permite establecer la incomparabilidad divina y su absoluta trascendencia respecto a todo lo contingente, la imaginación permite, por el contrario, captar la presencia de Dios en cada pequeño detalle, posibilitando que concibamos lo inconcebible y que nos relacionemos con aquello que está más allá de cualquier relación. Nos permite, por ejemplo, imaginarlo y adorarlo como luz, amor, conocimiento, forma, no-forma o de cualquier modo que se nos antoje, siempre que sepamos discernir quién es el verdadero objeto de nuestra adoración. Porque, cuando consideramos que Dios sólo es luz o amor, o, lo que es peor, cuando creemos que se esconde en un trozo de piedra o de madera e incluso en una determinada doctrina, estamos cayendo en el extremo de la idolatría y la semejanza unilateral desligada de la incomparabilidad.
   La razón divorciada de la imaginación da lugar a sistemas áridos y estériles, desembocando en una rarificada concepción de la divinidad que no acierta a satisfacer las necesidades espirituales más íntimas. Por su parte, la imaginación desvinculada de la razón suele abocar a la más burda superstición. La especulación gratuita es a la razón lo que la fantasía incontrolada a la imaginación. Si la razón deduce analíticamente que Dios no está limitado por nada, la imaginación reconoce la presencia divina en todas las cosas. La primera infiere la trascendencia absoluta del ser divino, mientras la segunda testifica la ilimitada variedad de sus manifestaciones teofánicas. Razón e imaginación deben marchar de la mano en materia de religión pues, como escribe nuestro autor: Por medio de la razón uno sabe mas no ve, mientras que por medio de la develación uno ve, mas no sabe

Fernando Mora en "Ibn 'Arabí: Vida y enseñanzas del gran místico andalusí"

«El populismo cree que la política liberal oculta intencionadamente el conflicto inherente a la política. Piensa que el consenso, la tolerancia, el acuerdo, forman parte de una especie de pacto de las élites para mantener el statu quo, y que la tolerancia es sinónimo de debilidad y derrota. Los líderes populistas llegan para romper con ese consenso y desvelar la política como lo que es. Es una postura hobbesiana: la vida, detrás del velo de la negociación y la corrección política, es simplemente conflicto.
   Pero esto no es exclusivo de los populistas incorrectos. Los activistas políticamente correctos quieren acabar con la idea de neutralidad del poder y el lenguaje, y consideran que la libertad de expresión, el universalismo o la tolerancia son excusas para que los poderosos conserven su dominio. En cierto modo, se parecen demasiado a sus adversarios. A veces lo único que los diferencia es el lenguaje que usan.
   Tanto incorrectos como correctos hacen una mala interpretación de lo que es el pluralismo. Los primeros piensan que la pluralidad y la diversidad son construcciones artificiales o imposiciones que hay que combatir, y no una realidad con la que hay que convivir. Los segundos, por su parte, defienden la pluralidad porque piensan que beneficia a los suyos, y creen en la diversidad como sinónimo de diversidad racial o de género, pero no tanto de ideas.
   La corrección política está llena de errores, y es a veces ingenua. Se desvirtúa fácilmente, y sus excesos pueden ser peligrosos. Los activistas políticamente correctos tienen a menudo una visión muy estrecha de la convivencia, que no ven como un pacto de tolerancia entre distintos sino como algo que hay que forzar en el contrario. En su versión extrema, la corrección política implica la autocensura total, y la sensación de que no podemos decir lo que pensamos. En algunos ambientes, resulta asfixiante desviarse de la ortodoxia.
   [...]
   La corrección política a veces es sinónimo de igualdad, tolerancia y demás valores positivos, pero puede caer en maximalismos. Proclama una especie de revolución ética que tiene que ver con el respeto y el civismo —en ocasiones, con una idea limitada de lo que esto significa—, pero a menudo considera que los que tienen que cambiar su actitud son los otros. No piensa en cambiar las instituciones o los sistemas, sino a las personas. Cuando no aspira a ese objetivo a través del dogmatismo, forzando el respeto y el civismo, se pasa de ingenua. Los críticos con el buenismo señalan un peligro real: el camino al infierno está lleno de buenas intenciones.
   Las peticiones insistentes de más empatía o humanidad pueden llegar a ser ingenuas o ridículas, además de cargantes. Como dicen los estudiosos de la corrupción, es más útil cambiar los incentivos o las instituciones que cambiar a las personas. Muchos votantes, y políticos en la oposición, caen en el error de considerar que las cosas están mal porque los que mandan no son suficientemente buenos y humanos. Lo que suelen querer decir es que las cosas van mal porque no están gobernando ellos.
   No hace falta más bondad, o amor, y quizá ni siquiera haga falta más empatía —o sí, pero ¿cómo se fomenta?— Quizá la corrección política debería simplemente reformularse como un acuerdo mínimo de convivencia en una sociedad plural y diversa. Sería un acuerdo muy poco ambicioso y ñoño, ligeramente melancólico, ingenuo y casi imposible de aplicar. Y tan mínimo que solo tendría un punto: ante todo, intenta no hacer daño.»

Ricardo Dudda en "La verdad de la tribu"

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