Textos destacados

Tesoros del Conocimiento

«Si el tedio, como ha propugnado la modernidad, está en el origen tanto de la filosofía como del concierto social, merece ser escuchado; ayer como hoy, él tiene algo que decirnos acerca del hombre, del tiempo, de la nada. El tedio es incómodo, desagradable, y puede llegar incluso a ser doloroso, pero no es superficial ni frívolo. No es un mero accidente indeseable y prescindible, pues hay en él algo que arraiga en el meollo de nuestro ser.
   El aburrimiento profundo nos saca de la alienación que habitualmente nos domina, para devolvernos a nosotros mismos. Hay que perder el miedo a apagar todos esos adminículos que hoy nos permiten estar conectados y comunicados; seguramente nos aburriremos. Pero ese aburrimiento marcará el comienzo del camino de regreso a casa, el inicio del retorno hacia uno mismo. Sin pasar por ese despojo que entraña el tedio, por esa pobreza insípida y oscura, no se puede acceder al fondo auténtico del yo desnudo y solo.»

Amalia Quevedo en "Melancolía y tedio"

«El claro del bosque es un centro, centro de la vida y del ser, punto de unión entre el macrocosmos y el microcosmos. Cuando estamos en conexión con el propio centro, lo estamos también con la vida, mientras que, si estamos des-centrados, no es posible que la vida fluya a través de nosotros, dado que colocamos frente a ella todo tipo de condiciones e interferencias que la convierten en un sinvivir.
   Es éste un centro al que no siempre es posible entrar, más bien diríamos que es realmente difícil entrar y, desde luego, absolutamente imposible cuando se pretende hacer desde el esfuerzo, teniendo que entrar. El claro del bosque —como nos dice Zambrano— surge, aparece, pero no podemos obligarle a que aparezca ni empeñarnos en su búsqueda, al menos con un empeño racional y volitivo. Requiere una actitud receptiva, abierta, disponible, para poder reconocerlo cuando aparece, pero no podemos forzar su aparición ni ejercer ningún tipo de control en su encuentro.
   Es otro reino que un alma habita y guarda, un espacio que pertenece a otra dimensión diferente de la habitualmente conocida, su realidad forma parte de lo totalmente otro. No pertenece al reino de la razón, por eso fallan los viejos mecanismos que nos son tan familiares como la intención, el esfuerzo y el control. Por el contrario, se requieren otro tipo de instrumentos que pertenecen más al ámbito de la oscuridad y el misterio: la contemplación, la admiración, la receptividad, la disponibilidad a aceptar aquello que aparece sin condiciones ni apriorismos acerca de lo que nos gustaría que apareciera o pensamos que debiera aparecer.»

Maite del Moral Sagarmínaga en "La luz de la oscuridad"

«La estética del accidente provoca este efecto en la colectividad humana; es una fuerza que oculta el hecho en sí, el suceso se hace dueño del teatro de la vida, y, con su extroversión y falta de transparencia —es decir, de sentido o destino—, deja al público —no hay que olvidar que el ciudadano en la sociedad moderna es público— anonadado y al mismo tiempo aliviado. No se puede pedir responsabilidades a un cálculo infinitesimal; no hay conciencia en la mente imprevista del azar. La muerte en la carretera, el accidente ecológico, se inscriben en una antropología de la catástrofe propia del hombre moderno. Ese hombre, que ha perdido el lenguaje que permite descifrar los signos naturales, que no cree en un sentido oculto en los acontecimientos de su vida, o que el suceso en sí mismo pueda ser una manifestación de la inteligencia sobrenatural; que tampoco descifra una relación causal entre acontecimiento e interioridad, y que es además incapaz de hacer un salto perceptivo a la hora de distinguir una mente más allá de la puramente individual, ese hombre ha caído presa de la catástrofe; es más, pone en ella todo su temor y toda su esperanza. Para un ecologista nihilista, la catástrofe va a ser la gestora del nuevo equilibrio, como decía C. S. Lewis: La conquista final del hombre es la abolición del hombre. Para un ecologista funcional, se trata de administrar la catástrofe: con leyes, con parques naturales, con multas, con cuotas por metro cúbico de contaminación, con didácticas medioambientales, con consejos sentimentales, etc. El nuevo dragón que representa el combate del hombre con su destino es esa criatura del mundo del espectáculo, ciega como un meteorito, fría como la materia oscura del universo, calculadora como un bombo de lotería. El hombre no lucha en la tierra por alcanzar ningún cielo, no combate por completar ningún destino. No hay promesa de serenidad ni quietud beatífica en su existencia. La catástrofe es una fatalidad sin inteligencia, algo para sentarse a ver cómo llega, al modo de los ciudadanos del Pacífico que veían la ola del tsunami que se acercaba a engullirlos y, perplejos y anonadados, su respuesta no era otra que hacer una foto de su propia e inminente muerte.»

Dionisio Romero en "La naturaleza y el espíritu"

«El principio del racionalismo autónomo es querer partir de cero, es decir, pensar sin ningún dogma inicial; ilusión además de inconsecuencia, pues el racionalismo parte precisamente de un dogma, a saber, el axioma gratuito de la inexistencia de todo cuanto no nos transmite la razón como sierva de las percepciones. Si se nos responde —por una argucia ya clásica— que la prueba debe proporcionarla el que emite una afirmación, como la existencia de Dios, respondemos: toda la cuestión estriba aquí en saber a qué se llama afirmación; calificar de afirmación únicamente la tesis de lo suprasensible y presentar la duda o la negación como actitud normal y neutra a fin de eludir la obligación de proporcionar una prueba, es una postura perfectamente arbitraria, pues en un medio en el que todo el mundo admite a Dios, es precisamente el ateísmo el que surge como afirmación que debe probarse; y esgrimir que eso es tan sólo una cuestión de situación exterior y que es la increencia la que es el en sí o el a priori de la inteligencia, no es más que un error acompañado de una petición de principio; es la historia del ciego que filosofa sobre la visibilidad. Si se quiere ser realista, hay que resignarse a la evidencia de que todo pensamiento tiene que partir de un dato inicial que no puede venir del pensamiento mismo, pero que implica la certidumbre y que lo que el pensamiento puede hacer es describir su pertinencia.»

Frithjof Schuon en "Lógica y transcendencia"

«Las ilusiones del corazón deben tener la misma base que sus verdades. Las condenas del corazón, que se remontan a los albores de la filosofía, lo han acusado siempre de falta de credibilidad, subjetivismo e ilusión, así como de aferrarse demasiado al dudoso mundo de los sentidos. ¿Y por qué no? La imaginación surge de un corazón consciente de que hay imágenes verdaderas e imágenes falsas y de que no existe contradicción entre ellas, sino más bien correlación e incluso convergencia. No podemos tener lo verdadero sin lo falso; reconocemos las imágenes verdaderas por medio de un sutil sentido de la ilusión, por medio de la sensación de que nos estamos engañando. La complicación del corazón es su doble latido, un síncope resonante; o su pared interior, un espejo con dos caras que nos permite tomar en serio las especulaciones reflexivas y seguir imaginándolas. Sólo esta reverberación interior permite al corazón ser testigo de las imágenes que hay en sus sentimientos, en vez de ser identificado con sus sentimientos en ese subjetivismo que es la base de todas las imaginaciones falsas. Recordémoslo, el himma presenta las imágenes del corazón como algo íntimo y esencialmente real; pero la realidad de sus personas es independiente de mi persona.
   Podemos afirmar, pues, que las ilusiones del corazón son necesarias para la refinación de su actividad imaginativa; el corazón tomará conciencia de que sus realidades no son reales y de que sus irrealidades son reales, de que sus sentimientos son su verdad, pero también de que esos mismos sentimientos son fantasías de su deseo y auras de sus imágenes; de que, al amar, miente para seguir inventando su amor; y de que, si el sulfúreo mundo sensible resulta tan cautivador, ello se debe a nuestra hambre cardíaca de formas y de belleza que ese mundo sensible encarna. El corazón quiere que lo toquen, pide que el mundo lo toque con sus sabores, sonidos y olores; áisthesis; tocado por la imagen.»

James Hillman en "El pensamiento del corazón"

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