Textos destacados

Tesoro del Conocimiento

«Tras el mundo aparentemente multiforme hay un principio unificador que podemos llegar a vislumbrar:
   En el mundo vemos por doquier evidencias de una unidad cuyas partes están muy lejos de explicar; la presuponen necesariamente como causa y condición de su existencia en cuanto partes o, tal vez, de su pura existencia.
   La ciencia moderna intenta explicar esta unidad como la manifestación de una ley oculta, mientras que los antiguos la percibían como evidencia de una vida oculta. Para Coleridge, como para los estoicos, la mentalidad, o inteligencia, se manifiesta en el tejido del mundo. Si el intelecto y la imaginación no estuvieran presentes en el tejido natural, ¿cómo podrían haber surgido en la humanidad? Como expuso Coleridge:
   En los objetos de la naturaleza se presentan, como en un espejo, todos los elementos posibles, todos los pasos y procesos del intelecto que anteceden a la consciencia y, por tanto, al desarrollo pleno de un acto inteligente; y la mente del ser humano es el foco de todos los rayos del intelecto que están dispersos por las imágenes de la naturaleza.
   La naturaleza evoluciona y el Alma del Mundo se despliega en pos de un solo fin dinámico: el aumento de la consciencia, de la capacidad de ver y apreciar. Pero la inteligencia está presente de antemano en la estructura del tejido del mundo, no es algo añadido a posteriori. La realidad subyacente en el mundo no es la materia, sea ésta lo que sea, sino una serie de patrones de relación no materiales. En un famoso pasaje de su Biographia Literaria, Coleridge explica que la capacidad creativa de la naturaleza y la de la humanidad son una misma cosa, porque las reglas de la imaginación son, en sí mismas, las fuerzas que hacen posible el crecimiento y la producción. Hay una intensa reciprocidad entre humanidad y naturaleza, entre mundo interior y exterior, porque la función del arte es hacer lo externo interno, lo interno externo, la naturaleza pensamiento y el pensamiento naturaleza.
   Para Coleridge, el cuerpo no es más que un afán de convertirse en mente y la naturaleza misma nos daría la impresión de ser una obra de arte si pudiéramos ver el pensamiento que a un tiempo está presente en el todo y en cada una de sus partes.
   Tanto el instinto como el entendimiento intelectual son formas de inteligencia natural, pero el entendimiento es un poder adaptativo que se desarrolla a partir del instinto, nace de la experiencia y, en último término, nos conduce a la abstracción. Como entendimiento e instinto figuran en distintos extremos del espectro, el entendimiento aparece, por norma general, en proporción inversa al instinto. La abstracción representa un alto desarrollo del entendimiento humano, pero sólo se interesa por nombres y conceptos. De acuerdo con Coleridge, los seres humanos estamos vinculados a la naturaleza a través del instinto, mientras que a través del entendimiento nos apartamos de ella; sin embargo, la imaginación nos permite recuperar ese vínculo. No debemos rehuir la abstracción, pero al tomarla por un fin en sí misma nos convertimos en una raza de animales en la que la presencia de la razón se manifiesta únicamente por la ausencia de instinto. En esta situación, la naturaleza humana queda falsificada por un sesgado conocimiento abstracto o por la ciencia del mero entendimiento, que conduce a una ciencia del engaño.
   Será Friedrich Schelling quien proporcione una sucinta explicación de la relación existente entre nuestro espíritu interior y la vida superior del cosmos. Como el resto de los románticos, Schelling creía que el intelecto deviene una dolencia espiritual cuando se hace de él un fin en sí mismo. El aumento de la reflexión intelectual abrió una grieta entre el mundo externo y el interno que codificó el dualismo de Descartes. Pero si pudiéramos penetrar en lo remoto de la abstracción y llegar a la inmediatez del sentimiento, experimentaríamos una unión esencial con la naturaleza. Para Schelling, Naturaleza y Espíritu —los polos objetivo y subjetivo— no son más que dos caras de la misma realidad subyacente. A su juicio, la naturaleza es espíritu invisible, y el espíritu, naturaleza invisible. En la humanidad, el espíritu adormecido de la naturaleza despierta en la autoconsciencia. Pero el conocimiento humano es en último término el conocimiento que la naturaleza tiene de sí misma, y naturaleza y mente son sólo aspectos distintos de un único patrón dinámico.»

David Fideler en "Restaurar el alma del mundo"