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Tesoro del Conocimiento

«La ontología y la epistemología son las dos ramas fundamentales de la filosofía. La ontología, la teoría del ser, trata de las diferentes formas del ser y de sus manifestaciones específicas. La epistemología, la teoría del conocimiento, se ocupa de las formas mediante las cuales conocemos, de cómo conocemos y de cómo podemos conocer, a través de qué facultades; también se pregunta hasta qué punto es fiable dicho conocimiento. Estas dos ramas se abordan a veces por separado; otras, de forma conjunta. En ocasiones, la epistemología se deriva de una ontología dada, o viceversa; también puede darse el caso de que se las trate independientemente, como si no tuvieran mucho que ver una con la otra.
   En Platón, el sistema ontológico es fundamental. Las Formas platónicas delinean las formas fundamentales del ser. La existencia de dichas Formas precisa de ciertas facultades cognitivas que debemos poseer para aprehenderlas. La teoría de la reminiscencia es la doctrina epistemológica que se sigue de esa ontología basada en la existencia de las Formas. La teoría platónica de la iluminación, considerada una vía de supresión de las influencias distorsionadoras del cuerpo, que impiden la mirada del alma, es otra de las consecuencias de la ontología de Platón. Nuestro propósito aquí no es examinar en detalle la filosofía de este genio; queremos más bien mostrar que las doctrinas epistemológicas (los modos de conocer) de Platón han sido ideadas para suscitar la existencia de las Formas. Una ontología engendra una epistemología, para que ésta la sostenga.
   En el sistema de Kant, por otra parte, la epistemología es fundamental, mientras que la doctrina ontológica es secundaria. En el kantismo, la concepción de la mente se impone de modo inexorable a la naturaleza de la realidad; la ontología sigue a la epistemología; la realidad (el modo de ser de las cosas) está a disposición de la mente, que la moldea y la forma. Las categorías de la mente forman únicamente el mundo fenoménico, el mundo accesible a los sentidos. Más allá de éste reside el mundo del nuómeno, el de las cosas en sí, independientes en su existencia del funcionamiento de nuestra mente. No sabemos nada sobre dicho mundo nuoménico.
   La ciencia, o la visión científica del mundo, se encuentra entre los sistemas de pensamiento en los que la ontología y la epistemología son ámbitos independientes. La ciencia da por sentado, al menos así lo hace la ciencia clásica, que el mundo existe objetivamente tal y como es, y que, a través de sus métodos objetivos (científicos), ella simplemente lo representa, lo describe, lo interpreta y lo isomorfiza. Desde luego, se trata de una visión optimista y atractiva. Sin embargo, si la analizamos detalladamente, veremos que se encuentra lejos de ser válida.
   Aunque la ciencia y la visión científica del mundo aparentemente consideran que la ontología (la estructura del mundo real) y la epistemología (las formas correctas de conocer) son sistemas independientes entre sí, ambas se encuentran estrechamente vinculadas, se alimentan mútuamente, y cada una de ellas obtiene lo que la otra asume. Son imágenes especulares. La epistemología extrae e ilumina lo que la ontología supone. Por otro lado, esta última contiene exactamente todo lo que puede comprobarse a través de la epistemología científica.
   Esto no debería sorprendernos. En la mayoría de las cosmologías del pasado, lo que se supone que está ahí y el modo en que lo exploramos se encuentran íntimamente unidos. Las sociedades que aceptan la existencia de malos espíritus que habitan los cuerpos de los hombres deben encontrar una metodología apropiada (un diagnóstico y un ritual adecuados) que les permita reconocer dichos espíritus y expulsarlos. Las sociedades que, como la nuestra, reconocen la existencia (igualmente invisible para el ojo) de entidades llamadas partículas subatómicas, necesitan una metodología que les permita detectar dichas partículas. En última instancia, ambas metodologías van más allá de lo visible y lo palpable, y ambas constituyen una magia particular. Desde luego, dar por sentado la existencia de partículas subatómicas, incluso de quarks o de gluones, no se considera magia en nuestra cultura. Pues sabemos que existen. Igualmente, en otras sociedades no se considera magia el reconocimiento de espíritus bondadosos y malignos (aunque tan sólo se trate de formas de energía), ya que en dichas culturas es bien sabido que éstos existen. Como podemos apreciar gracias a estos ejemplos, el problema de qué existe y qué no es una cuestión ardua y difícil. No hay un criterio transcultural o, mejor aún, transcosmológico que nos informe sobre lo que existe y en qué sentido existe.»

Henryk Skolimowski en "La mente participativa"