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Tesoro del Conocimiento

«En nuestro corazón, los elementos conocimiento, amor y poder —o inteligencia, sentimiento y voluntad— se combinan como otras tantas dimensiones de una misma subjetividad deiforme. Fuera de nuestro corazón, estas facultades se disocian, en el sentido de que la inteligencia parece residir en el cerebro o la mente, y el sentimiento o la afectividad, en el alma, la psyché. La voluntad, y con ella la capacidad de obrar, se combina entonces con cada uno de estos sectores —pues precisamos de ella tanto para pensar como para practicar las virtudes—, pero, al propio tiempo, ella reside en el corazón, que en este caso asume una función extrínseca particular, independientemente de su carácter intrínseco de síntesis y de raíz. En otras palabras: aunque las dimensiones substanciales del corazón-intelecto sean el conocimiento, el amor y el poder —la inteligencia, el sentimiento y la voluntad—, podemos considerar el corazón como la esfera sólo de la voluntad desde el momento que atribuimos la inteligencia a la mente y el sentimiento al alma, y que, por esto mismo, nuestra perspectiva es más exterior. Y podemos hacerlo con tanto mayor motivo cuanto que, desde cierto punto de vista, la voluntad se identifica con el sujeto, con el individuo que quiere; que quiere porque ama.
No obstante, como el corazón es en sí mismo la sede u órgano tanto del sentimiento como de la inteligencia, así como de la voluntad, hay que decir que un sentimiento proviene del corazón en la medida en que es profundo, exactamente igual como sucede con el conocimiento. Por supuesto, el pensamiento depende del cerebro o la mente, pero el conocimiento intuitivo, que no es fruto de un razonamiento, depende del corazón; del mismo modo, el sentimiento corriente, determinado totalmente por los fenómenos, proviene del alma o la sensibilidad, pero el sentimiento profundo, que se nutre ab intra de la esencia misma del amor —aun teniendo por causa ocasional, las más de las veces, percepciones exteriores—, proviene del corazón y no de la simple sensibilidad anímica, pues el corazón, por su naturaleza, es amor tanto como conocimiento y poder. Es el arraigo en el corazón, pues, lo que caracteriza, no al simple fenómeno del amor, sin duda, pero sí a la grandeza del sentimiento. Ese es, a todas luces, el caso del amor místico, que sólo secundaria o incidentalmente se inspira en factores externos, pero lo es también del amor natural en la medida en que es profundo o, dicho de otro modo, en la medida en que su cualidad coincide en profundidad con el amor en sí.
Del corazón-intelecto es de donde provienen el conocimiento y el amor, pero no es con el corazón con lo que podemos pensar y sentir; por el contrario, con él —con la pura subjetividad— es con lo que podemos concentrar nuestra mente, y por ello decimos que la voluntad, en general, y la concentración, en particular, dependen del corazón aunque éste, en su fondo, no se limite a esa función y posea igualmente y a priori el conocimiento y el amor. La mente, por su parte, recibe su luz del corazón, y su poder es el de comprender, discernir y pensar; y haciéndolo abre el camino a la Intelección, a la que sin embargo no puede producir. Por lo que se refiere al alma, ésta puede amar el bien o los bienes, y, amándolos, debe practicarlos, pues, si no, se excluye de la felicidad que los bienes confieren, ya que el amor contiene en sí mismo la belleza, la bondad y la beatitud. En una palabra: si la mente permite la comprensión, y el corazón, a su vez, la concentración, el alma tiene el poder de ser virtuosa y, por consiguiente, de ser feliz en virtud de su propia naturaleza.
No hay virtud válida sin piedad, y no hay piedad auténtica sin virtud; lo cual significa que ambas cosas coinciden y, también, que el énfasis recae sobre la piedad, en la medida en que ésta se refiere más directamente a Dios. Podríamos decir, por consiguiente, que si la inteligencia opera el discernimiento, y la voluntad, la concentración, el sentimiento realiza la piedad, la devoción, el sentido de lo sagrado, y después la gratitud y la generosidad; actitud que se vincula estrechamente con las cualidades, divinas y cósmicas a la vez, de Belleza, Bondad y Dicha.»
Frithjof Schuon en "De lo divino a lo humano"

