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Tesoro del Conocimiento

«Cuando estamos absorbidos por todo lo que sucede a nuestro alrededor, excitados por todos los cambios que se producen ante nuestros ojos —las uniones y separaciones, las ganancias y las pérdidas, las vidas y las muertes, las tragedias y las redenciones, los engaños y las liberaciones, el deseo de aventura seguido del deseo de un hogar—, siempre hay movimiento.
   Pero cuando comenzamos a observar la infinita repetición tras nuestra inquieta sed y búsqueda de cambio, estamos accediendo a la inmovilidad que hay en el corazón de todo movimiento. Puede resultar difícil de apreciar que la inmovilidad no es una realidad distinta, otro nivel de existencia separado de nuestro mundo de movimiento.
   Al contrario, cuanto más intentamos descubrir la quietud dejando atrás el movimiento, más movimiento acabamos creando al escapar del movimiento.
   Y del mismo modo que Parménides sabía que la mejor manera de experimentar la quietud que en apariencia nos niega el mundo de los sentidos es aguzando al máximo nuestros sentidos, Empedócles sabía cómo ir a buscarla al lugar en el que menos esperamos encontrarla.
   Observar la vida con completa atención significa ver que, una vez que el movimiento se ha repetido durante el tiempo suficiente, éste se convierte en inmovilidad. Al aceptar el movimiento de manera total, no sólo parcial, no descubrimos otra cosa que la quietud absoluta.
   Entonces ya no hay nada que perseguir ni que evitar. Ya nunca vas a creer a nadie que te diga que la encarnación es buena en este mundo de bellezas ilusorias, porque ya has experimentado la terrible y agonizante llamada del alma que anhela liberarse.
   Pero también sabes que el retorno del alma a la libertad es sólo transitorio: es sólo una ilusión.
   Y, por último, no hay ninguna diferencia entre si estás arriba o abajo. Porque en realidad nada tiene importancia. Simplemente estamos donde estamos. Y como formamos parte de la ilusión seguimos haciendo lo que tenemos que hacer.
   Vivimos entre movimientos aparentes, tomamos decisiones y hacemos elecciones, nos alegramos o nos decepcionamos, bajo la apariencia de preferir esto o lo otro.
   Pero por dentro todo ha acabado. El drama carece de toda sustancia.
   Descubrimos que la quietud no significa ser arrastrado hacia las ilusiones ni intentar escapar de ellas. Significa que, incluso cuando estamos atrapados, somos libres.
   E incluso bajo la apariencia de la encarnación sabemos que esto significa, en cualquier momento, no estar encarnado. Porque no sólo estamos donde estamos.
   Estamos exactamente donde siempre estaremos.»

Peter Kingsley en "Realidad"