Textos destacados

Tesoro del Conocimiento

«Jung empezó a comprender que lo que se ha llamado animismo y politeísmo no son el resultado de un antropomorfismo primitivo, meras proyecciones de imágenes en un mundo inanimado, sino al revés: los dáimones y los dioses son las imágenes divinas de los arquetipos que proceden de fuera de nosotros, es decir, de un inconsciente externo a nuestra vida consciente que además ni siquiera puede ubicarse con la menor certeza en nuestro interior. Podría tratarse, como pensaban los neoplatónicos, de una propiedad del mundo en sí, como un alma subyacente.
   Cuando Jung dijo que los arquetipos eran incognoscibles estaba siguiendo a Immanuel Kant, quien sostenía que detrás de cada fenómeno hay un nuómeno, idea que se hacía eco de la visión de Platón de que detrás de este mundo se encuentra otro de Formas ideales. Pero, paradójicamente, los arquetipos sí podían conocerse, a través de las imágenes con las que se representaban a sí mismos. Están dotados de personalidad desde el principio, afirmó Jung, y se manifiestan como dáimones, como agentes personales que se perciben como experiencias reales. Plotino sostenía algo similar: así como el alma nos conecta con las formas, los dáimones del Alma del Mundo nos conectan con los dioses; son dos maneras de decir lo mismo. Proclo fue tal vez quien mejor lo expresó: los dioses, que en sí mismos son sin forma ni figura, aparecen como dáimones, muchos de los cuales son diferentes imágenes del mismo dios. Así pues los dáimones nos vinculan a los dioses pero a la vez, desde otro punto de vista, son apariencias de los dioses.
   Una parte de nosotros —a la que llamaré espíritu— siempre piensa que existe una realidad mayor, una verdad abstracta, forma o arquetipo, detrás o más allá de las cosas aparentes. Desde el punto de vista del alma, imágenes y dáimones son la realidad, y la sensación de algo más profundo —o más allá, o detrás o por debajo— es el modo en que el alma señala su propia profundidad, al conducirnos a una percepción más intensa y mantener nuestro deseo y anhelo siempre vivo. En otras palabras, nos mantiene enamorados; y el alma se mantiene conmovida y conmoviendo.»

Patrick Harpur en "La tradición oculta del alma"