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Tesoro del Conocimiento

«Según un antiguo adagio, el hombre es para el hombre un daimon, o sea, el/lo otro, la otredad que me refleja, confina y define, de modo que sólo me conozco a través del otro. El daimon es la experiencia de mi otredad, la apertura que garantiza mi yo, la mediación entre el yo y lo otro. Hay una relacionalidad radical de lo real, cuya desrelación significa su irrealidad; y hay una correlacionalidad del hombre con el hombre, cuya descorrelación significa su inhumanidad. Sin el otro no hay yo, mas con el otro soy otro. Aquí se funda y funde el diálogo interhumano, la complicidad del hombre con el hombre como cómplice o implicado en el mismo mundo común.
El hombre como daimon significa que el hombre no es ni un diablo impuro ni un ángel puro, sino espíritu enmaterializado y materia transmaterial. El hombre como daimon es un mediador entre el ser y la nada, entre la inflación de lo real y su deflación irreal. La realidad no es evolutiva ni involutiva, sino convolutiva, porque se agita hacia delante y atrás, arriba y abajo, buscando mediaciones y remediaciones de sentido, coimplicando el espíritu y la materia en una síntesis cuyo resultado contingente es el propio hombre.
Por todo ello no hay nada unilateral, puro o esencial, pues todo es ya mezcla existencial y mestizaje cultural. La verdad no es una, como quiere el monismo, sino al menos dos entrelazadas dialógicamente. Proyectamos así un humanismo del otro, un humanismo otro ya no basado en la evolución materialista ni en la involución espiritualista, sino en la convolución de la materia y el espíritu, del yo y del otro, del Dios y el vacío. Ahora la realidad no es caos o cosmos, sino caos y cosmos: caosmos.»
Andrés Ortiz-Osés en "Lo demónico: el duende y el daimon"

