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Tesoro del Conocimiento

«Para que la lengua de una persona siga siendo generatriz, es necesario, al menos en un hemisferio cerebral, estar vacunado contra los rituales de la seguridad, ese intercambiador de puertas giratorias donde circula lo que ya está consagrado. Si el poder corrompe es sobre todo por su inercia, que tiende a cristalizar y gestionar lo alcanzado, a degradar primeramente el lenguaje. La primera víctima del consenso y la paz social es la verdad. Y con ella, también la bendita posibilidad de mentir de forma ingeniosa.
   La vida y la historia, los márgenes y las instituciones, el secreto y la visibilidad. Con cada pie pisamos dos planetas distintos, y uno apenas puede saber nada del otro. Es esto lo que mantiene el lenguaje, un principio de desigualdad que impulsa a los seres. Es la existencia que reaparece por fuera lo que hace vital el lenguaje, como una de las primeras necesidades naturales. De ahí que no haya ningún ser, por elemental que sea, que pueda permitirse el lujo de no expresarse: vivir, luchar, perseverar, esforzarse por estar en el cosmos ya es buscar un lenguaje. Expresar un adentro que siempre está fuera, que siempre reaparece extramuros. No olvidemos en este punto que incluso algunas filosofías occidentales, más de las que imaginamos, le han concedido a las cosas —la mónada de Leibniz, el devenir de Nietzsche— la misma potencia expresiva que otra tradición ilustrada sólo concede a las personas.
   Entre nosotros, el arte es precisamente la disciplina que concede al material primario del mundo un adentro y un afuera, un secreto y un lenguaje. Una posibilidad más alta que cualquier realidad efectiva. Se ha dicho a veces que el primer problema del conservadurismo es que no conserva, pues deja que se oxiden las cosas al protegerlas artificialmente, lejos de la contaminación que las podría hacer revivir. Hasta la religión, como muestran Simone Weil, Sokurov o Malick, necesita mezclarse con las afueras, establecer una alianza con el torbellino de la inmanencia material. Todo dios necesita un diablo. Y el silencio es el diablo del lenguaje. Nietzsche, un hombre de fe sin duda difícil, llega a decir que es Dioniso quien debe gobernar a Apolo.
   Las palabras viven de las turbulencias de la inmediatez, no son nada sin la metamorfosis de los fenómenos. Por eso hay décadas que facilitan la creatividad, junto con la riqueza del lenguaje, y otras que no: todo depende de las grietas externas que activen un cuerpo social, siempre —al margen de las ideologías de moda— tendencialmente conservador. Toda la riqueza de las palabras proviene de una experiencia con la pobreza, de las hendiduras que surcan los muros de lo que llamamos bienestar social, seguridad o civilización. Sin comunidad no hay lenguaje, de acuerdo, pero no hay comunidad de seres inmortales: es necesaria la limitación de una herida. El lenguaje nace de una común lesión interna —a veces inaudible— de los seres, del coro que los puebla. Así pues, una sociedad demasiado perfecta, una socialización que nos libre de los accidentes del exterior —que hablan sin necesidad de palabras—, empobrece el lenguaje. Para que se exprese la comunidad interna a los seres es necesario el ardiente solipsismo de cada uno, aquello que los mantiene en un abismo. Sin caos no hay cosmos. Sin el trauma de chocar con las cosas mudas, que todavía carecen de lenguaje, éste se deseca en un código insulso, en una rigidez sin exterioridad, que no consigue decir nada. No es sólo que desaparezca la poesía del mundo, sino que su prosa pierde sentido, se seca.»

Ignacio Castro Rey en "Ética del desorden"