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Tesoro del Conocimiento

«Bergson llega a la conclusión de que tanto los recuerdos, tanto los objetos reales como los imaginados, se prolongan infinitamente fuera de la conciencia. Hay una franja de indistinción cristalina. Pero entonces, ¿de dónde nace la ilusión que nos hace creer que los estados imaginarios no se prolongan fuera de nuestra conciencia, mientras que los estados de lo real sí lo hacen fuera de nuestra percepción? Bergson responde que esa ilusión nace de la creencia de que: El espacio conserva indefinidamente cosas que se yuxtaponen en él, mientras que el tiempo destruiría, poco a poco, estados que se suceden en él. Ante nosotros abrimos indefinidamente el espacio, mientras que detrás nuestro cerramos el tiempo que transcurre. En esto consiste el error, en abrir el espacio a condición de cerrar el tiempo, porque el tiempo no es algo que destruye, es algo que conserva. La forma en la que el tiempo se conserva es la memoria del mundo. La memoria del mundo y el tiempo son lo mismo. Nietzsche llega a preguntarse: ¿Y si la memoria y la sensación fueran el material de las cosas? El pasado no se conserva en nuestra cabeza, se conserva en el tiempo mismo. Ese pasado no es su recuerdo. Prueba de ello es que no se tienen recuerdos si primero no nos situamos en una zona de tiempo, en una zona del pasado. Bergson continúa: Las zonas del tiempo, las zonas del pasado, sobrepasan infinitamente a la imagen-recuerdo. Proust va a decir: Ocupamos en el tiempo un lugar inconmensurable al lado del que ocupamos en el espacio. Esta nueva infinitud va a hacer a Novalis poder escribir: ¿Cómo vemos físicamente? De la misma forma que lo hacemos en nuestra conciencia, mediante el fecundo poder de la imaginación. La conciencia es el ojo y el oído, el sentido capaz de aprehender el significado interior y exterior.
   Pero, ¿qué camino surge entonces a partir de ahora para crear la verdad? Para Goethe, para el cual pensamiento y percepción ya se penetran mútuamente, la Verdad no permite que la reconozcamos directamente. Tan solo la percibimos por reflejos. Curiosamente, el personaje del Mito de la Caverna de Platón al salir al afuera para acostumbrarse a la luz le resultaría más fácil mirar las sombras, luego los reflejos de los hombres y otros objetos en el agua y, más tarde, los objetos propiamente dichos. A la verdad se va a llegar indirectamente. A la realidad se entra por sus aristas, por un límite; de la misma forma que al intersticio del pliegue se entraba por una tangente.»

César Barrio en "Lo que no se ve"