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Tesoro del Conocimiento

«Según un mito hindú, el mundo proviene de un huevo (brahmanda) situado encima de las aguas e incubado por un cisne (hamsa). Esta idea del huevo cósmico, semilla de la creación, se encuentra en otras cosmogonías, por ejemplo, en el huevo escupido por el dios Kneph egipcio y por el dragón chino, el huevo de los Dioscuros incubado por Leda después de su unión con un cisne. Lo encontramos también en la cosmogonía de los dogones y los bambaras africanos. Como símbolos de nacimiento y de resurrección, encontramos huevos situados en las manos de las imágenes de Dionisio en las tumbas de Beocia. Aún hoy el huevo de Pascua es un símbolo de la resurrección de Cristo y del renacimiento primaveral de la naturaleza. En ese huevo, esférico como el andrógino platónico, se encuentran en estado de envolvimiento el cielo y la tierra, que aún no se han manifestado y que aparecen cuando el huevo se parte en dos mitades siguiendo una operación análoga a la polarización del andrógino. Este huevo contenía la multiplicidad de seres en una semilla que los vedas llaman embrión de oro (hiranyagarbha), símbolo de la potencialidad universal.
Después de la bipartición de este huevo, la acción del cielo no pudo ser percibida directamente porque los rayos solares no podían mirarse directamente, sólo podía verse su imagen invertida reflejada sobre la superficie de las aguas. La luna, que también refleja los rayos del sol, no puede dar más que una imagen indirecta en un reflejo alcanzado con carácter ilusorio reducido a una especulación racional, porque especular es observar el cielo con la ayuda de un espejo (speculum).
La manifestación aparece, pues, como un reflejo invertido del principio en el que la imagen que aparece sobre la superficie de las aguas es un símbolo. Esto es lo que los sufíes expresaban cuando decían que el universo era un conjunto de espejos en los que la esencia se contemplaba bajo el aspecto de todas las formas. En Japón, por ejemplo, encontramos espejos solares en todos los santuarios sintoístas, de la misma manera que podemos encontrar cruces en nuestras iglesias.
La materialización de las posibilidades contenidas en el Huevo Cósmico se efectúa gracias a una acción solar en profundidad, reflejada en las distintas tradiciones por la abertura de una flor: el loto, la rosa o el lirio en la superficie de las aguas, el plano de reflexión de un rayo celestial donde sucede el paso de lo universal a lo individual o a la inversa.
La flor es, aquí, un símbolo del principio pasivo. Su cáliz se asemeja a la copa que recibe la lluvia y el rocío celeste. Su abertura en la superficie de las aguas dormidas, como sucede con el loto o en un jardín, como ocurre con la rosa, representa la eclosión y el desarrollo de la manifestación completa.»
Luc Benoist en "Signos, símbolos y mitos"

