Textos destacados
Tesoro del Conocimiento

«El entendimiento, todo aquello que puede ser pensado, no nace ni muere. Esa es la premisa aristotélica. Frente a ese fondo inmutable, las mentes individuales surgen y desaparecen, aquí y allá, sucediéndose en generaciones, linajes y pueblos. Hay un flujo continuo que va de lo eterno a lo pasajero, de la unidad a la multiplicidad. Tal es la tensión esencial que sustenta este universo hecho de imaginaciones, en el que cada intelecto, cada mente particular, encuentra su propia forma y realización entre los diversos fantasmas que componen el mundo imaginal. En ese contacto, el sujeto se determina frente a su objeto, que no es una entidad abstracta sino una aparición. Al vincularse a una imagen (y no otra), la mente hace camino. Así es como el pensamiento actúa en nosotros a través de la imaginación. Ese es el barzaj o mundo intermedio del que hablaban los sufíes, el lugar de encuentro entre el mundo inmaterial de los significados y la experiencia sensible. Un ámbito donde se funden dos temporalidades: lo inmutable o alérgico al cambio y el fenómeno pasajero. Esa doble naturaleza constituye la esencia de lo imaginal. Cuando alguien imagina, ese fantasma pertenece tanto al sujeto como al objeto imaginado. Ambos son corruptibles, pero lo imaginado goza de otra condición, participa de lo eterno porque siempre habrá alguien que imagine. De ahí la sabiduría del niño, que vive más próximo al barzaj.
La imaginación se mueve entre lo corpóreo y lo incorpóreo, entre lo concreto y lo abstracto, entre lo fugaz y lo eterno. Es el factor que mejor define lo humano, mucho más apropiado y preciso que la razón silogística. El hombre vive al mismo tiempo dentro y fuera de la naturaleza. Esa es la médula de su condición, vivir entre dos mundos. Esa tensión interna, que hace posible la vida del alma, es el resorte erótico del conocimiento. Sin ese magnetismo no podríamos conocer nada. La vida, no solo la del niño, supone una apropiación imaginativa que es al mismo tiempo una proyección hacia ámbitos no estrictamente humanos. El viaje imaginal de Dante es el ejemplo más acabado. Los ámbitos o estados de ánimo que recorre, con Virgilio, Beatriz o Bernardo de Claraval, no son solo lugares de confluencia entre lo sensible y lo inteligible, sino que miden la distancia entre el sujeto individual y el entendimiento único. Todos ellos son umbrales de realidad, todos permiten comprobar que la subjetividad humana es un aspecto externo al entendimiento.
Uno no elige sus ideas, sino que son las ideas las que lo eligen a uno. El pensamiento original es tan ilusorio como el propio. Y puesto que el pensamiento no puede trabajar sin imágenes, el individuo adquiere su realidad mediante la contemplación (su relación con el fantasma). La alforja de imágenes de cada cual es la que configura su destino y temperamento. La idea de la atribución es así desplazada por la de conjunción o encuentro. El pensamiento pasa a ser un episodio en el que el individuo es visitado por ciertas ideas (imágenes), que asimila o rechaza. Este enfoque se aplica tanto a los mitos como a las ideologías políticas y científicas. Uno se puede adherir a estas y, ya hablemos del neoplatonismo o de la física moderna, configurar con ellas su temperamento. En ambos casos se tratará de un hábito de la mente individual. Además, esas ideas ya no pertenecen a nadie en concreto, sino a un entendimiento único del cual emergen los diversos temperamentos. Hay aquí un magnetismo muy platónico que se ejerce de arriba abajo. El Intelecto, erigido en el gran Atractor de sujetos, da a cada uno su porción de ideas con las que orientar el curso de su existencia. O mejor, esa unidad se actualiza en sujetos particulares (se proyecta sobre estos), de modo que el conjunto de todos ellos reproduce la Unidad esencial del Intelecto (o entendimiento).»
Juan Arnau en "Historia de la imaginación"

