Textos destacados
Tesoro del Conocimiento

«Esta unidad, que sirve como fundamento de la relación de la conciencia con el ser objetivo, los incluye por ello mismo a ambos y es la categoría suprema, que se basta a sí misma y no constituye el rasgo característico de ninguna esfera particular. En ella solo cabe reconocer la unidad del propio ser absoluto, para lo cual es necesario tener en cuenta que, en este orden de cosas, la unidad no es un rasgo que se añade al ser absoluto, sino la esencia misma de este último. Unidad transtemporal y ser absoluto son exactamente lo mismo. Todo lo que de una forma u otra nos resulta accesible —desde los contenidos del pensamiento al propio proceso de la conciencia— se apoya en esta unidad suprema y solo es posible a partir de ella, pues dicha unidad (el momento de unificación, de sintetización) constituye la condición que permite contemplar en su totalidad y tener conciencia de lo que sea. Que el conocimiento es una actividad de síntesis, de unificación, de inclusión del contenido inmanente en la síntesis transtemporal de la omniunidad, esto es algo que Kant ha mostrado con total claridad. En este sentido, la gran relevancia copernicana de su sistema consiste en haber visto en esta unificación no una producción, no una repetición ideal del ser objetivo, sino su fundamento mismo, de forma que las condiciones de posibilidad del conocimiento son a la vez las condiciones de posibilidad del propio objeto del saber. Pero esta unidad radical del saber y su objeto fue trasladada por Kant a la esfera subjetiva, lo cual resulta irreconciliable con el sentido de su propio descubrimiento. Y es que Kant se dejó ofuscar por la aparente ineluctabilidad del dilema según el cual los objetos, o bien deben hallarse fuera de la conciencia y, por tanto, resultar inaccesibles a esta, o bien fundarse en algo dentro de la conciencia, y entonces surgir como creación de la propia conciencia. Pero, en realidad, la unidad misma, precisamente en cuanto unidad, porta en sí la superación de esta contraposición entre fuera y dentro. El objeto, qué duda cabe, no existe fuera de la unidad, y en este sentido no es un ser autosuficiente, sino que surge a partir de la unidad, por así decir, como si ella lo engendrase. Y en la explicación de esta circunstancia se cifra el valor más profundo del idealismo trascendental, a diferencia del realismo ingenuo. Pero esto no significa que los objetos sean producción de la unidad de conciencia, o sea, que la unidad se localice dentro de los límites de la conciencia; si la unidad fuera solo un rasgo inmanente dentro de los límites de la vida de la conciencia, de ella no podría surgir el concepto de objeto trascendente. Al contrario, la unidad, en su condición de fundamento, a partir del cual el objeto trascendente surge y se distingue de la corriente inmanente de la conciencia, se eleva por encima de la contraposición entre lo inmanente y lo trascendente y, por ello mismo, sobre la contraposición entre la conciencia y el ser objetivo; justamente por ser unidad, es decir, aquello a partir de lo cual surge inicialmente la contraposición entre dentro y fuera, y por ser la condición de la interioridad de la propia exterioridad, es por lo que esta dualidad no puede aplicarse a la misma unidad. La unidad es, en consecuencia, un principio absoluto, que no se sitúa en ninguna de las partes del complejo gnoseológico: es la expresión de la naturaleza misma del ser absoluto inmediato como tal. Ser absoluto, transtemporal, y omniunidad son conceptos idénticos. Y en la medida en que la unidad transtemporal es solo una denominación de la eternidad, a ella se refieren las palabras de Plotino: La eternidad es la vida del ente en el ser, en su totalidad plena, continua, absolutamente inmutable.»
Semión Frank en "El objeto del saber"

