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Tesoro del Conocimiento

«El populismo cree que la política liberal oculta intencionadamente el conflicto inherente a la política. Piensa que el consenso, la tolerancia, el acuerdo, forman parte de una especie de pacto de las élites para mantener el statu quo, y que la tolerancia es sinónimo de debilidad y derrota. Los líderes populistas llegan para romper con ese consenso y desvelar la política como lo que es. Es una postura hobbesiana: la vida, detrás del velo de la negociación y la corrección política, es simplemente conflicto.
   Pero esto no es exclusivo de los populistas incorrectos. Los activistas políticamente correctos quieren acabar con la idea de neutralidad del poder y el lenguaje, y consideran que la libertad de expresión, el universalismo o la tolerancia son excusas para que los poderosos conserven su dominio. En cierto modo, se parecen demasiado a sus adversarios. A veces lo único que los diferencia es el lenguaje que usan.
   Tanto incorrectos como correctos hacen una mala interpretación de lo que es el pluralismo. Los primeros piensan que la pluralidad y la diversidad son construcciones artificiales o imposiciones que hay que combatir, y no una realidad con la que hay que convivir. Los segundos, por su parte, defienden la pluralidad porque piensan que beneficia a los suyos, y creen en la diversidad como sinónimo de diversidad racial o de género, pero no tanto de ideas.
   La corrección política está llena de errores, y es a veces ingenua. Se desvirtúa fácilmente, y sus excesos pueden ser peligrosos. Los activistas políticamente correctos tienen a menudo una visión muy estrecha de la convivencia, que no ven como un pacto de tolerancia entre distintos sino como algo que hay que forzar en el contrario. En su versión extrema, la corrección política implica la autocensura total, y la sensación de que no podemos decir lo que pensamos. En algunos ambientes, resulta asfixiante desviarse de la ortodoxia.
   [...]
   La corrección política a veces es sinónimo de igualdad, tolerancia y demás valores positivos, pero puede caer en maximalismos. Proclama una especie de revolución ética que tiene que ver con el respeto y el civismo —en ocasiones, con una idea limitada de lo que esto significa—, pero a menudo considera que los que tienen que cambiar su actitud son los otros. No piensa en cambiar las instituciones o los sistemas, sino a las personas. Cuando no aspira a ese objetivo a través del dogmatismo, forzando el respeto y el civismo, se pasa de ingenua. Los críticos con el buenismo señalan un peligro real: el camino al infierno está lleno de buenas intenciones.
   Las peticiones insistentes de más empatía o humanidad pueden llegar a ser ingenuas o ridículas, además de cargantes. Como dicen los estudiosos de la corrupción, es más útil cambiar los incentivos o las instituciones que cambiar a las personas. Muchos votantes, y políticos en la oposición, caen en el error de considerar que las cosas están mal porque los que mandan no son suficientemente buenos y humanos. Lo que suelen querer decir es que las cosas van mal porque no están gobernando ellos.
   No hace falta más bondad, o amor, y quizá ni siquiera haga falta más empatía —o sí, pero ¿cómo se fomenta?— Quizá la corrección política debería simplemente reformularse como un acuerdo mínimo de convivencia en una sociedad plural y diversa. Sería un acuerdo muy poco ambicioso y ñoño, ligeramente melancólico, ingenuo y casi imposible de aplicar. Y tan mínimo que solo tendría un punto: ante todo, intenta no hacer daño.»

Ricardo Dudda en "La verdad de la tribu"