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Tesoro del Conocimiento

«Hay en efecto una proporción intrínseca entre la relación que se da entre las disonancias y la melodía, y la que se da entre el mal y la armonía universal en la filosofía de Leibniz. Dicho en otros términos, así como la armonía universal exige la diversidad y la tensión de contrarios, de tal forma que los males particulares se hallan ligados con la mejor configuración, del mismo modo sucede en las melodías y en toda percepción parcial finita o confusa, que es expresión de la percepción total e infinita que posee Dios. Las consonancias y disonancias en la música son, para Leibniz, producto de una proporción numérica, dado que las consonancias se producen por una regularidad en las percepciones y las disonancias por una cierta irregularidad, reconducida a la regularidad: La música nos encanta, por más que su belleza no consista sino en las conveniencias de los números y en la cuenta, de la que no nos apercibimos, pero que el alma no deja de hacer, de los golpes o vibraciones de los cuerpos sonoros, que se encuentran a intervalos determinados. Esta proporción matemática que se da en las melodías no es más que el reflejo o el eco de una matemática oculta que rige todo lo real, de una proporción o ratio que no es captable por ninguna mente creada, sino sólo por la mente infinita, que es la única capaz de hacer el cálculo infinito de todas las relaciones posibles. Los males, son entonces en sentido estricto disonancias, en el sentido de que son intervalos necesarios para la armonía óptima que conforma el universo.»
Agustín Echavarría en "Metafísica leibniziana de la permisión del mal"

