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Tesoro del Conocimiento

«Las enseñanzas de todas las doctrinas tradicionales son, como hemos visto, unánimes a la hora de afirmar la supremacía de lo espiritual sobre lo temporal y de no considerar normal y legítima más que una organización social en la que esta supremacía sea reconocida y se traduzca en las relaciones de los dos poderes que corresponden a ambos dominios. Por otra parte, la historia muestra claramente que el desconocimiento de este orden jerárquico acarrea siempre y en todas partes las mismas consecuencias: desequilibrio social, confusión de las funciones, dominación progresiva de elementos cada vez más inferiores y también degeneración intelectual, olvido de los principios transcendentes primero, para llegar después, de caída en caída, hasta la negación de todo conocimiento verdadero. Por otra parte, hay que señalar que la doctrina, que permite prever que las cosas deben suceder inevitablemente así, no necesita, en sí misma, de tal confirmación a posteriori; pero si no obstante creemos que debemos insistir en ello es porque, al ser nuestros contemporáneos particularmente sensibles a los hechos debido a sus tendencias y hábitos mentales, hay ahí una razón para incitarles a reflexionar seriamente, pues quizá sea así como puedan llegar a reconocer la verdad de la doctrina. Si esta verdad fuera reconocida, aunque no fuera más que por unos pocos, ése sería un resultado de importancia considerable, pues no es sino de esta forma como puede comenzar un cambio de orientación conducente a una restauración del orden normal; y esta restauración, sean cuales sean sus medios y modalidades, se producirá necesariamente pronto o tarde; sobre este último punto debemos ofrecer todavía algunas explicaciones.
   Hemos dicho que el poder temporal concierne al mundo de la acción y del cambio; ahora bien, el cambio, que no tiene en sí mismo su razón suficiente, debe recibir su ley de un principio superior y solamente mediante ella se integra en el orden universal; si, por el contrario, se pretende independiente de todo principio superior, no es ya, por eso mismo, más que desorden puro y simple. El desorden es, en el fondo, lo mismo que el desequilibrio y se manifiesta en el ámbito humano por lo que se denomina injusticia, pues hay identidad entre las nociones de justicia, orden, equilibrio, armonía o, dicho más exactamente, ésos no son sino aspectos diversos de una única realidad, considerada de formas diferentes y múltiples según los dominios a los que se aplica. Ahora bien, según la doctrina extremo-oriental, la justicia está hecha de la suma de todas las injusticias y, en el orden total, todo desorden se compensa mediante otro desorden; por eso la revolución que derroca a la realeza es a la vez la consecuencia lógica y el castigo, es decir, la compensación de la rebelión anterior de la propia realeza contra la autoridad espiritual. La ley es negada desde el momento en que se niega el principio del que emana; pero sus negadores no han podido suprimirla realmente y se vuelve contra ellos; es así como el desorden debe entrar finalmente en el orden, al que nada podría oponerse si no es en apariencia y de forma completamente ilusoria.»

René Guénon en "Autoridad espiritual y poder temporal"